Recomendación

La Fuga de Logan

[Madrid] : Warner, cop. 2010

Año 2274: hay vida más allá de los 30 años

La fuga de Logan (Logan's Run; Michael Anderson, 1976) es tal vez la última película del género fantástico de la década de los setenta que logró conservar su intención de transmitir al público algo más que imágenes bonitas de un futuro distante; y aunque ha sido criticada por alterar radicalmente la novela en la que se basó, el resultado final sigue estando respaldado por una ideología concreta aún vigente, hoy en día más que nunca.


La novela fue escrita por William F. Nolan y George Clayton Johnson en 1968, pensada ya desde un principio como propuesta cinematográfica. Ambos autores vendieron sus derechos a la Metro-Goldwyn-Mayer por cien mil dólares. El productor George Pal se encargó de desarrollar el guion durante dos años, hasta que un cambio de directivos en el estudio lo desplazó del proyecto. Hubo que esperar un tiempo hasta que se produjese el auge del género de ciencia ficción. El estudio invirtió en la producción nueve millones de dólares y recaudó tres en su primera semana de exhibición.  


La película muestra un futuro en el cual la población vive debajo de una cúpula de cristal. Al cumplir los 30 años, las personas deben ingresar en una especie de carrusel para purificar su alma y renacer. Los ciudadanos tienen un cristal insertado en una de sus manos que indica, a través de colores, la etapa vital en la que se encuentran. En un mundo donde todo parece programado de antemano, a un policía le asignan una peligrosa misión para encontrar el lugar al que van los que desean escapar de esa ciudad. Para ello, la computadora central le cambia el color de su cristal para hacerle llegar al límite permitido. De esta manera comienza la huida, junto con una bella mujer, en busca del santuario ubicado en el exterior del domo protector.


La historia es una nueva revisión de clásicos de la literatura distópica como 1984 (1948) de George Orwell o Fahrenheit 451 (1953) de Ray Bradbury. Pese a que pueda parecer una historia de buenos propósitos, aderezada con la fantasía propia del género, se llega a la conclusión de que el mundo, tal y como lo concebimos ahora, es mucho mejor que los adelantos de una vida futura. Estos pueden resultar tan nefastos como una sociedad dictatorial al uso. El mundo exterior a esa ciudad en la que viven inmersos, el mundo distinto de promisión, es el mismo que nosotros conocemos. Se utiliza el mismo factor sorpresa de El planeta de los simios (Planet of the Apes; Franklin J. Schafiner, 1968), aunque en esta ocasión no hay posibilidad de que se repita el mismo impacto.


La fuga de Logan nos advierte de una sociedad que sólo es perfecta a costa de las libertades individuales. La tentadora promesa del placer y el confort puede convertir a la población en una predecible masa de ovejas, meras posesiones de un gobierno que les ofrece esclavitud disfrazada de libertad.


Michael York, Richard Jordan y Jenny Agutter realizan un trabajo perfecto en sus respectivos papeles. Esto no quiere decir necesariamente que sus actuaciones sean buenas. Sus vacuas emociones y simples actitudes son las que uno esperaría en la aséptica sociedad futura.
El filme practica la futurología mesiánica. La reflexión sobre la existencia de Dios planea sobre alguna de sus imágenes. La civilización está aquí representada por la vuelta a la naturaleza y la negación del maquinismo que ha llevado a los excesos de la “renovación”. Los humanos mayores de treinta años son “renovados”, es decir, revitalizados en teoría, pero lo cierto es que ninguno de ellos se incorpora otra vez a la sociedad, a esa especie de súpertecnificación que ha terminado por encadenar al hombre. Logan vivirá una transformación que le llevará a buscar la libertad fuera de la cúpula que protege a los ciudadanos. Y esa libertad está, precisamente, en el retorno a unos orígenes primitivos que configuran una sociedad muy parecida a la actual.


Son muchas las perspectivas desde las que se pueden elogiar las innumerables virtudes de esta obra de culto de la ciencia ficción, pero la que interesa particularmente es la del trasfondo sociológico. Encuadrada en una época profundamente gris de la historia del siglo XX, a merced de la permanente amenaza nuclear de la Guerra Fría. En este periodo surgen algunas producciones dentro del subgénero de las antiutopías, en las que la mirada al futuro siempre estaba cargada de pesimismo. La película de Anderson resulta particularmente interesante por la sociedad que nos describe. La gerontocracia, propia de sociedades en las que el peso de la sabiduría y la experiencia tiene significado, deja paso a una especie de efebocracia esteticista donde sólo la belleza, el hedonismo y la juventud tienen cabida, donde el consumismo desenfrenado y la búsqueda del placer se erigen como valores indiscutibles, pero con la marca de la muerte impresa en la fugacidad del tiempo que consume la juventud y la tersura de la piel. ¿Acaso no estamos hoy en una sociedad que implementa estos valores hasta en los actos más cotidianos? Seguramente hemos alcanzado, o al menos estamos en ello, la terrible antiutopía.

 

Crítica elaborada per Raquel Abad Coll de la Biblioteca Armand Cardona Torrandell (Vilanova i la Geltrú) en el marc del projecte Escriure de cinema

26/04/2021