The road
El fin de la humanidad
La carretera (The Road, 2009) es una película dirigida por John Hillcoat, basada en la novela homónima de Cormac McCarthy, protagonizada por Viggo Mortensen y con la participación de Charlize Theron, Robert Duvall y Guy Pearce en papeles secundarios. La historia está ambientada en un mundo completamente devastado, y sigue la lucha por la supervivencia de un padre y su hijo en una carretera rumbo al sur. Como refugiados posapocalípticos en busca de asilo, los personajes intentan escapar de las inclemencias del clima, pero la mayor amenaza que les acecha no tiene tanto que ver con la naturaleza que se desmorona a sus pies, sino con la desaparición de la decencia humana.
Las circunstancias que llevan a esta situación no se explican y tampoco es necesario conocerlas. Solo sabemos que unos diez años atrás hubo un evento catastrófico y sus efectos provocaron que el cielo esté cubierto de cenizas, el agua de los ríos contaminada y la tierra infértil. Esto significa que los recursos son escasos y quienes han sobrevivido están dispuestos a cruzar todo límite para no morir de hambre o de frío. En el fin del mundo como lo conocemos, hay dos tipos de sobrevivientes: los que usan la fuerza sin medir sus consecuencias, abusan de los más débiles y atacan a quien atente contra el statu quo vigente; y los que buscan resistir como una unidad y se rigen por un conjunto de normas aferrados a los vestigios de una civilización anterior.
Este mundo creado en las páginas de McCarthy es un mundo cruel y oscuro, donde el Hombre (Mortensen) y el Niño (Kodi Smit-McPhee) mantienen viva una tenue llama de humanidad que, con cada paso incierto que dan, parece más cerca de extinguirse. Sus nombres jamás son revelados, quizá en el afán de despojarlos de una identidad que ya no existe en esta realidad y así convertir sus historias individuales en una historia universal: todos los hombres pueden ser este Hombre, todos los niños pueden ser este Niño.
El vínculo entre padre e hijo es uno de los aspectos mejor logrados desde el punto de vista de la dirección y de la interpretación. La credibilidad de esta odisea recae en lo que percibimos al ver sus rostros y sus cuerpos demacrados, al escuchar el agotamiento en sus voces. El esfuerzo del Hombre por hacer todo lo humanamente posible por su hijo y, llegado el momento, sacrificarse por él, se logra transmitir sin necesidad de la voz en off que, con palabras tomadas directamente de McCarthy, nos deja entrever el estado mental del personaje de Mortensen. El Niño se convierte no solo en la razón de su existir y en el símbolo de esperanza en un futuro donde no todo está perdido, sino que también define el valor moral de esa existencia. Intencionalmente o no, Hillcoat plantea varios interrogantes: ¿en qué momento se produce el punto de quiebre en el que finalmente perdemos nuestra decencia y pasamos a ser “los malos”? ¿Somos capaces de dejarnos morir antes de llegar a ese punto? ¿Cuál es nuestro instinto más primitivo?
En ese sentido, la cinematografía de Javier Aguirresarobe logra captar la aridez del paisaje que acompaña a los personajes, en especial cuando se contrasta el presente de la historia con destellos de la vida antes del apocalipsis, algunos reminiscentes y otros oníricos. El Hombre no consigue descansar de tanta penuria, y todas las noches recuerda -quizá con remordimiento- a la madre del Niño, las decisiones que les separaron y que eventualmente lo llevaron al infierno que ahora habita. Las imágenes del presente, por el contrario, evocan los horrores de las guerras más deshumanizantes, imágenes desgarradoras que para los sobrevivientes no son nada que no hayan visto. Habrá noches en que las pesadillas se colarán sin anunciarse y habrá noches en que la luz del fuego y las sombras proyectadas les trasladarán a un pasado de cavernas más hogareño y menos salvaje, y encontrarán razones para seguir adelante.
La película no rehúye la tragedia de la muerte, pero en el posapocalipsis la muerte es un lujo. La muerte es el fin del sufrimiento, es liberadora y promete reencuentros. Lo más angustiante, para el padre y para nosotros, es percatarse de que el Niño no es ajeno a estas cuestiones y que desearía estar junto a su madre, pero a la vez teme no volver a ver al padre. Así es que nos enfrentamos a uno de los grandes dilemas de nuestra existencia: cuándo aceptar que llegó la hora de darnos por vencidos. ¿Cuánto demora una persona en morir de hambre? ¿Cuántos kilómetros se puede caminar sin zapatos? ¿Y si terminas siendo la última persona viva en la Tierra? La respuesta está justamente en los sueños del Hombre. Como le explica al Niño, no hay nada de qué preocuparse mientras tengamos pesadillas, significa que todavía estamos alerta al peligro que nos rodea, que queremos protegernos y luchar. Pero si empezamos a soñar con el mundo que fue o el que nunca será, entonces sí hay motivo de preocupación, porque significa que allí encontramos un refugio que nos aleja de la realidad, que ya no tenemos fe en el presente.
Al llegar al final de La carretera, el espectador no tiene la opción de ser indiferente y deberá decidir si el hombre es bueno por naturaleza y si una sociedad en ruinas es capaz de corromperlo.
Crítica feta per Ana Acosta Lázaro, de la biblioteca Xavier Benguerel, en el marc del projecte Escriure de cinema.






