Recomanació

Que el cielo la juzgue

Madrid : Twentieth Century Fox, 2009

Que el cielo la juzgue (Leave her to Heaven, John M. Stahl, 1945)

Los celos elevados a su máxima expresión

“De los siete pecados capitales, los celos son el peor de todos”. Es el principio de Que el cielo la juzgue (Leave her to Heaven, John M. Stahl, 1945) y ya se nos advierte de lo que vamos a ver: los celos elevados a su máxima expresión en un relato contado en un larguísimo flashback. De hecho, dura casi todo el film.
Elllen Berent (Gene Tierney) es una mujer obsesiva y traumatizada por la muerte de su padre, al que quería “demasiado”, quizás por abusos sexuales, quizás por complejo de Electra. No duda en dejar a su prometido porque se enamora de un hombre en un tren, Richard Harland (Cornel Wild), al cual le confiesa (después de una larguísima mirada) que es físicamente igual que su padre. Resulta memorable la escena en que esparce las cenizas de su padre, esa fuerza que tiene montando a Carballo, su perturbadora mirada...
Aquí empieza el descenso de esa mujer en una espiral desastrosa. Quiere controlarlo todo, lo cual la lleva a “ganar siempre”. Siento celos enfermizos y quiere controlar de manera desmesurada a Richard. Conforme pasa el film, ella se perturba cada vez más y más. Va descubriéndonos su parte más maquiavélica, puesto que no duda en deshacerse de lo que le estorbe en la relación con su marido. Su locura llega a tal punto que no le tiembla el pulso cuando asesina a sangre fría a su cuñado minusválido: le deja morir ahogado, mirando impasible su agonía tras sus gafas de sol. Tampoco vacila en matar a su hijo neo-nato, tirándose por las escaleras por el hecho de engordar y destrozar su figura. Este hijo significaría un enemigo más para su relación con Richard. Según sus propias palabras, es un monstruo. También cabe mencionar los celos hacia su hermana, de quien está convencida que mantiene una aventura con su marido. Con su actitud destructora, es la misma protagonista quien envía a su marido poco a poco a los brazos de Ruth. E incluso hacia su madre, que la evita continuamente.
Llegamos ya al punto sin retorno. Richard ya se ha dado cuenta del talante enfermizo de su mujer, de todo lo que ha hecho, y decide dejarla. Es entonces cuando llega el clímax de la película. Si yo caigo, tú caes conmigo. Y así es. La venganza de Ellen es su propia muerte, diseñada para incriminar astutamente a su hermana Ruth y a Richard.
Magnífico final y magnífico secundario Vicent Price, que encarna al primer prometido de Ellen. Su alegato en el juicio es de lo mejor del film.
No me parece tan afortunado Cornel Wilde en su papel de Richard Harland. Está correcto sin más. Hay poco a decir de este personaje, que siempre está perfecto en su papel de víctima, que siempre está en el lugar y encuadre adecuados, cumpliendo con lo escrito. Tampoco puede hacer más un hombre en su situación, pero quizás echo en falta alguna salida de tono, alguna discusión más acalorada o (¿por qué no?) un toque de agresividad por su parte, dada la situación.
El resto del elenco de secundarios está totalmente entregado a su papel. Ruth Berent se muestra enamorada de Richard desde el principio del film, y Danny Harland, el hermano de Ellen, juega un papel soso e infantil, incluso un poco fastidioso
Desde luego, la gloria (y el premio Oscar) se lo llevó la actriz Gene Tierney. Acostumbrada a papeles de buena mujer, de belleza hipnótica, está impresionante dando vida a Ellen Berent, mala, maquiavélica, psicópata e incluso narcisista. Un diez para ella.
Pasando a los aspectos más técnicos, los exteriores son preciosos: la mayoría de las veces se integran en la película, con alguna excepción ya mencionada. De hecho, Leon Shamroy se llevó el Oscar a la mejor fotografía. En cambio, parece que las escenas quieran ser demasiado perfectas y ordenadas. Da la impresión de que hay una señal en el suelo para cada personaje.
La música es perfecta, pero a veces no acompaña la película. Hay muchas escenas vacías de melodía y sonido, algo extraño puesto que el filme también se llevó el Oscar al mejor sonido. Algún pasaje resulta largo, como cuando Ellen se desplaza de una casa a otra caminando a paso ligero: atraviesa el porche y el campo, baja escaleras, atraviesa un puente y entra en una cabaña sin el menor atisbo de música o sonido. Quizás precisamente sea ese el toque de oscuridad, o tensión, que crea en el espectador.
Cabe destacar el mérito de haber rodado la escena del aborto, saltándose la censura del cine americano en una época tan puritana como los años cuarenta. Me permito volver a elogiar a Gene Tierney, mujer de fuerte carácter también fuera de pantalla. A veces da la impresión de ver a la antecesora de los roles de Glenn Close en Atracción Fatal (Fatal Attracion, Adrian Lyne, 1987) o de Demi Moore en Acoso (Disclosure, Barry Levinson, 1994).
Los celos están entre los peores sentimientos de la condición humana. Una línea muy fina los separa del mismísimo desamor. Sabido es que el amor te puede llevar a la locura, y los celos, a la horrible muerte. Por si acaso, una moraleja: no confundas el azúcar con el arsénico, puede ser fatal.
Crítica elaborada per Xelo Bilfu de la Biblioteca Salvador Vives Casajuana (Sant Vicenç de Castellet) en el marc del projecte Escriure de cinema
 

29/08/2022