El cazador
El cazador (The Deer Hunter; Michael Cimino,1978)
Tras las sentidas notas de la composición “Cavatina” de Stanley Myers que acompañan unos neutros títulos de crédito, amanece en una neblinosa y gris población de Pensilvania. Dos construcciones destacan por encima de los edificios del pueblo: las chimeneas de una industria de altos hornos y las cupulas bulbosas de una iglesia ortodoxa rusa. Suena la sirena del final de turno en la fundición. A tres de los trabajadores, Michael, Nick y Steven, les quedan unas pocas horas antes de marchar a combatir en Vietnam. No hay nada por lo que preocuparse, no existe consciencia de la realidad de la guerra, este desconocimiento los mantiene confiados en su poder y en el de la nación que van a defender. Ellos desprenden una sensación de control, la misma que emanan cuando van de caza. Al finalizar el trabajo, se dirigen al bar donde se reúnen con Stan, John y Axel. Allí beben, bailan. Frankie Valli suena en la radio, cantando Can’t take my eyes off you, mientras ellos juegan al billar… se quieren, pero, sobre todo, son felices y son ellos mismos. Son jóvenes y están en la cima del mundo, o al menos de su mundo, lleno de rutina, de trabajo y diversión. Con el tiempo, tal vez, llegarán el matrimonio y los hijos, la jubilación, el derecho a envejecer con tranquilidad, esas es la forma de vida que conocen y disfrutan; quizás no es la mejor, y seguramente tiene defectos, muchos, pero es la que tienen y defienden.
A través de una celebración religiosa, la boda de Steven con Angela, celebrada según el rito ortodoxo ruso, donde asisten gran parte de los habitantes de la población, descubrimos la manera de ser, el carácter y la acciones y relaciones de los protagonistas en comunidad. La felicidad y alegría de la situación se verá alterada en el momento en que la pareja debe sellar simbólicamente el matrimonio mediante el ritual de beber de un cáliz ceremonial de dos copas sin derramar ni una sola gota: en un primer plano, el autor muestra como dos gotas rojas ensuciarán el níveo traje de la novia, desplegando la desgracia sobre la pareja, según dicta la tradición. La llegada de un militar al bar donde se lleva a cabo el festejo es otro momento de atención. Michael y Nick, que partirán a combatir al día siguiente, intentan entablar una conversación con el sargento e invitarlo a beber. Como respuesta, solo reciben desprecio. Finalizada la celebración, los amigos se dirigen a las afueras de la población a disfrutar de la naturaleza, y lo que era un cielo nebuloso y agobiante de población industrial se transforma de repente en el luminoso fulgor de la naturaleza. Diafanidad súbitamente transformada en el horror de la guerra en las verdes planicies de Vietnam y donde el refulgente napalm oscurecerá incluso el brillo del sol. No hay honor en la guerra, solo el horror. Lo que sucede a continuación es un descenso a los infiernos del ser humano y por el ser humano. Michael, Nick y Steven penarán con distinta fortuna física, pero sobre todo con una maltrecha salud mental. Como no puede ser de otro modo, el retorno es vergonzoso y triste, remarcado mediante las notas melancólicas del tema “Cavatina”. Michael es el más individualista y tiene serios problemas de interacción social, pero sin duda es el más entero de los que partieron al combate. Aunque derrotado por lo sufrido, y por encima de todo, dolido por incumplir la promesa hecha a Nick, intentará, con la poca energía que le queda, recuperar los cuerpos y las mentes de sus amigos, los que fueron con él y los que se quedaron, pero su cotidianidad detonó hecha pedazos y ahora solo queda recogerlos y, en la medida de lo posible, recomponerlos: no queda otra opción, ánimo y fuerza. No cejará en el empeño, incluso volverá a Saigón, pero hay almas que son ya irrecuperables a pesar del esfuerzo que invierte, tal es la magnitud del descenso al averno. Los cuerpos y las almas de los supervivientes vuelven al bar, la alegría se ha tornado en tristeza y las risas en llantos, entonan decaídos God Bless America, pero han vuelto al bar y tenemos la confianza de que, por difícil que sea, por maltrechos que estén sus cuerpos y sus corazones, aunque la herida se cierre, siempre quedará la cicatriz. Nunca nadie les podrá echar en cara que desfallecieron, que se derrumbaron y que no fueron capaces de volverse a levantar, ya que no es otra cosa vivir: alegrías y tristezas, caerse y levantarse. Los jóvenes se han hecho adultos.
El cazador (The Deer Hunter; Michael Cimino,1978) no es una película bélica, la guerra solo es el detonante que hará estallar la utópica cotidianidad de Clairton y sus habitantes. El cazador es una película de itinerario no geográfico, de itinerario vital, es una película sobre la vida y sobre lo maravillosa que es y lo horrible que puede llegar a ser. Trata de trabajo, amistad, costumbre, espiritualidad, de puntales de una forma de vida donde seguramente hay ansiados proyectos de futuro, pero también realidades que no serán las imaginadas, donde hay sueños accesibles y deseos irrealizables y amores para siempre y anhelos inalcanzables. Con todo, es su cotidianidad y, aun destrozada, se aferrarán con todas sus fuerzas a ella para no precipitarse aún más en el profundo abismo al que les ha llevado la funesta guerra.
Crítica elaborada per Toni Navarro de la Biblioteca Josep Soler i Vidal (Gavà) en el marc del projecte Escriure de cinema.






