Drácula de Bram Stoker_Escriure de cinema
La sangre que da y que quita vida
Desde que Bram Stoker publicó la novela Drácula, se han hecho muchas lecturas del mito de los vampiros. En Drácula de Bram Stoker (Bram Stoker’s Dracula, Francis Ford Coppola, 1992), el director no pretendía recurrir a los tópicos del género, aunque no dudo en abrazarlos cuando lo consideró necesario. Por eso en las tierras de Transilvania no solo hay moradores temerosos de Dios, sino también aquellos que le dan la espalda cuando no encuentran respuestas en él.
Al inicio de la historia, se muestra en primer plano como una cruz se hace pedazos, como el corazón que está a punto de romperse en el interior del protagonista. La traición en una mano y la fe en la otra, la sangre como conducto para dar y quitar vida. En esta parte de la historia, podemos intuir otras tragedias. Aquí Romeo no descansa en paz, porque la paz es algo digno de la raza humana y el protagonista solo se puede rodear de lobos y de sedientas vampiresas. La película continua, tras las andanzas de Jonathan, de manera muy visual: un pétalo que nos conduce a un túnel del que sale un tren, mientras en el cielo se dibujan dos ojos que nos introducen en el misterio de esa tierra.
Un carruaje fantasmal nos recuerda algunas películas del género, como las películas de la Hammer. Imágenes con poder para hablar, como las imágenes del castillo de Drácula, un hogar huérfano de todo, menos de pasado. Porque la trama tiene un pasado para todos, son cartas que se van repartiendo los actores, entre lo que ganan y lo que pierden. Drácula, como esa sombra que ahoga el pescuezo del huésped, se adueña del plano y nos deja en un palacio como el de Charles Foster Kane, pero lleno de ratas y de recuerdos.
La película nos muestra personajes de cuya maldad no dudamos. Aún así, como en otras películas de Coppola, estos se nos hacen cercanos porque tienen aristas y matices. Es una historia en la que todos son víctimas en algún momento de un destino del que no pueden escapar.
Drácula de Bram Stoker es como una clásica película de cine negro, en la que no olfateamos la amargura del tabaco, pero si un perfume de soledad y de miedo en el tocador de señoras. “Tú no sabes amar”, le recuerdan esas extrañas compañeras a las que Drácula regala el llanto de un niño. En esas películas de cine negro, los protagonistas viven con esperanza y con un deseo de tener una segunda oportunidad, aunque incluso los más optimistas saben que la suerte se les acabara en la siguiente esquina: esa segunda oportunidad es un paraíso para almas con más suerte.
Drácula ha comprado terrenos en la mitad de Londres, y se podría ocultar sin dificultad en la otra mitad. En el bullicio de esas calles, no solo se esconde Mina o el homenaje al increíble invento del cinematógrafo: también están los lobos que sienten el mismo miedo que ella, están esos ojos que, inyectados de sangre, nos devuelven el carácter primario del mito. Están esos momentos en que la existencia de los dos se une de nuevo, en ese reservado lleno de parejas que bailan y de sombras chinescas que se acercan y que se convierten en un prólogo de esas velas que les hermanan en un baile.
La segunda oportunidad se les niega de nuevo. Jonathan ha escapado a través de los ríos, y las cruces que no podían salvarlo antes ahora le devuelven la opción de recuperar el juicio perdido. Sin embargo, ahora es un Jonathan más viejo, que no solamente ha escapado del infierno, sino que lleva su propio infierno dentro de sí. De nuevo, Coppola recurre a la imagen para mostrarnos emociones. Muestra las lágrimas del conde sobre la carta de su amada que se funde con un océano de papeles sin rumbo.
Cuando empieza la cacería de la bestia, Mina se esconde en los aposentos psiquiátricos y se entrega al conde, aunque va a perder la vida que conocía (“quiero ser como tú”), aunque sabe que este ha matado a Lucy en un acto de calculada venganza. En otro recurso visual que solo regalan los años de profesión, pasamos de esa vela que se apaga a la imagen del conde que construye su huida con un puñado de ratas.
Durante el final, el suspense no está en saber más que los personajes, sino lo mismo, pero con la curiosidad añadida de no saber si los protagonistas llegaran a tiempo de sepultar al conde en el fango de la muerte. Es un trabajo que únicamente puede hacer Mina.
Eso sí, después de recorrer las estepas de Transilvania, nos costará conciliar el sueño con el aullido de las fieras de fondo.
Crítica elaborada per Joan Puig Santamaría. Bib. Salvador Vives Casajuana. Sant Vicenç de Castellet. Projecte Escriure de Cinema.






