Recomanació

Un Día de furia

Madrid : Warner Bros., cop. 1999

Retrato de una pesadilla urbana

Los Angeles. En el día más caluroso del año, las autopistas están colapsadas. Soportar la terrible presión de las grandes ciudades puede provocar la ira de cualquier ciudadano. Pero Bill Foster está dispuesto a vengarse. Foster (Michael Douglas) solo intenta regresar a casa, pero se dirige hacia una pesadilla urbana. Es un hombre ordinario en guerra con las frustraciones de cada día. Un oficial del departamento de policía de Los Angeles (Robert Duvall) se obsesionará con detener los actos violentos que Foster provoca con su creciente agresividad. El filme refleja una sociedad injusta mediante una incisiva mirada a la vida y el precio que nos impone.

Este podría ser el resumen del guion de Un día de furia (Falling down, Joel Schumacher, 1993) pero la película va más allá.  Lo que comienza siendo el viaje de un padre separado para ir a ver a su hija en el día de su cumpleaños se convierte en un auténtico infierno en el que se nos muestran las diferentes capas de una sociedad miserable, que no apuesta por el individuo. Se abordan temas que, a día de hoy, siguen siendo actuales, como la inmigración, el fascismo y el uso de la violencia.

Desde el inicio de la película, se nos adentra en una atmósfera asfixiante que nos va introduciendo en el mundo, personal y real, en el que vive el protagonista. El personaje se rebela contra la sociedad y su deshumanización aceptada por todos, aunque en el fondo no estemos de acuerdo con ella. Curiosamente, y pese a esa sensación de agobio y urgencia, la narración se desarrolla de forma pausada, sin saltos traumáticos y con transiciones que, de forma natural, muestran la involución de Bill Foster.

De manera muy hábil, las imágenes consiguen ir metiéndonos en la piel del protagonista para que podamos vivir y sentir lo mismo que él. Para que podamos simpatizar rápidamente con su lucha interior. Y, finalmente, llegar a un desenlace que no puede ser muy distinto del que nos podemos imaginar desde el principio.

Todos, en mayor o menor medida, nos hemos encontrado alguna vez en nuestra vida ante una situación que. Literalmente, nos supera. Ante un hecho en el que pensamos que el sistema nos responde de manera hostil y agresiva, tratándonos como extraños que no merecemos una atención individualizada. Las normas, desgraciadamente, se hacen para la colectividad y no para cada una las personas, para cada una de las historias únicas, a veces muy difíciles y nunca intercambiables, que vive cada individuo.

La película es honesta a la hora de hacer el retrato del antihéroe: esas llamadas de teléfono de las que somos testigos nos muestran su verdadera personalidad, y nos van alejando cada vez más de él. En este proceso es clave el personaje de Martin Prendergast, el agente de policía, que destila sensatez y sentido común como contrapunto a la locura del protagonista. Mantiene un punto irónico y socarrón ante lo que acaba revelándose cómo un problema mayor de lo que querríamos.

Además del retrato de los personajes y de las magníficas interpretaciones de Michael Douglas (Bill Foster) y de Robert Duvall (Martin Prendergast), cabe destacar la forma en que se describe cómo se produce el estallido que lleva al protagonista a traspasar las barreras sociales y políticas sin importar las consecuencias. La descripción de ese viaje al infierno, es impagable: comenzamos desnudos, para luego conseguir un bate de béisbol, después una navaja y, finalmente, armas automáticas. La película tiene escenas antológicas (la de la hamburguesería es una de ellas) y de denuncia, como el motivo de las obras que provocan atascos de tráfico. Y todo ello se elabora a partir de unos personajes en consonancia con un retrato social que, muy fácilmente, puede extrapolarse a cualquier nivel. Desde los bajos fondos a los ambientes de altos ejecutivos de guante blanco.

En definitiva, la película no deja de ser una crítica al estilo de vida americano. Se muestra su parte oscura sin pretender ocultarla mirando hacia otro lado o fingiendo que no existe. Se muestra a una persona que, estando dentro del sistema, fracasa en su intento de mantenerse en él y finalmente se derrumba hasta devenir uno de esos individuos a los que la sociedad rechaza e ignora. El mensaje es claro: sólo aquellos que han sido despojados de todo pueden permitirse el lujo de perder la paciencia y mostrar abiertamente su rabia.

 

 

 

Crítica feta per Albert Verdú, de la Biblioteca El Molí de Molins de Rei, en el marc del projecte Escriure de cinema.

15/09/2023